viernes, 14 de marzo de 2014

ERA APACIBLE ESE DÍA.





Era apacible el día
Y templado el ambiente,
Y llovía, llovía
 Callada y mansamente;
 Y mientras silenciosa
 Lloraba y yo gemía,
 Mi niño, tierna rosa
 Durmiendo se moría.
 Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
 Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!

 Tierra sobre el cadáver insepulto
 Antes que empiece a corromperse... ¡tierra!
 Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
 Bien pronto en los terrones removidos
 Verde y pujante crecerá la yerba.

 ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
 Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
 ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!...
 Jamás el que descansa en el sepulcro
 Ha de tornar a amaros ni a ofenderos
 ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
 Para siempre acabó ya?
 No, no puede acabar lo que es eterno,
 Ni puede tener fin la inmensidad.

 Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
 Te espera aún con amoroso afán,
 Y vendrá o iré yo, bien de mi vida,
 Allí donde nos hemos de encontrar.

 Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
 Que no morirá jamás,
 Y que Dios, porque es justo y porque es bueno,
 A desunir ya nunca volverá.
 En el cielo, en la tierra, en lo insondable
 Yo te hallaré y me hallarás.
 No, no puede acabar lo que es eterno,
 Ni puede tener fin la inmensidad.

 Mas... es verdad, ha partido
 Para nunca más tornar.
 Nada hay eterno para el hombre, huésped
 De un día en este mundo terrenal,
 En donde nace, vive y al fin muere
 Cual todo nace, vive y muere acá.

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