Mostrando entradas con la etiqueta Caperucita Roja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caperucita Roja. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de abril de 2023

PUES ¿QUÉ TE ESPERABAS NIÑA?

 
-Silvia Favaretto-
 
Cuando sepan lo me hiciste, Lobo
se preguntarán si mi caperuza estaría
muy escotada
aludirán a que el rojo es un color muy
descarado para una niña
afirmarán que claro que me lo busqué,
por ir sola en bosque
acusarán a mi madre y a mi abuela que no
lo previeron
sospecharán que te haya sonreído con ojitos
inocentes y atractivos
dirán que los lobos eso hacen, que es su
naturaleza devorarte
y nadie
nadie
te dirá que eres culpable.
 

viernes, 5 de noviembre de 2021

CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO.

 
 
Estando una mañana haciendo el bobo
le entró hambre espantosa al señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
“¿Puedo pasar señora?”, preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó pensando:
”¡Este me come de un bocado!”
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.

Lo malo es que era flaca y tan huesuda

que al Lobo no le fue de gran ayuda:
“Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora!”
Y al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
“¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la selva!”
–que así llamaba al bosque aquella fiera,
aunque entre los pinos estuviera–.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.

Llegó Caperucita a mediodía

y dijo: ”¿Cómo estás abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”
“Para mejor oírte, que las viejas somos
un poco sordas”.
”¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!”.
”Claro, hijita, son los nuevos lentes que
me ha puesto para que pueda verte Don
Ernesto el oculista”,
dijo el animal
mirándola con gesto angelical,
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo:” ¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!”

El Lobo, estupefacto, dijo:” ¡Un cuerno!”

O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo...? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa”.
Pero ella se sentó en una silla
y se sacó un revólver de la capa,
con calma apuntó bien a la cabeza
Y –¡pam!– allí cayó la buena pieza.
 
Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el bosque... ¡Pobrecita!
¿Sabes lo que lleva la infeliz?
pues nada menos que un velís
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el
bobo.
 

sábado, 21 de noviembre de 2020

CINTA VERDE EN EL CABELLO.





Había una vez una aldea en algún lugar, ni mayor ni menor, con viejos y viejas que viejaban, hombres y mujeres que esperaban, y chicos y chicas que nacían y crecían.

Todos con juicio suficiente, menos —por el momento— una niñita.

Un día, ella salió de la aldea con una cinta verde imaginada en el cabello.

Su madre la mandaba con una cesta y un frasco, a ver a la abuela —que la amaba— a otra aldea vecina casi igualita.

Cinta Verde partió, enseguida, ella la linda, todo érase una vez. El frasco contenía un dulce en almíbar y la cesta estaba vacía, para llenarla con frambuesas.

De ahí que, al atravesar el bosque, vio solo los leñadores, que por allá leñaban; pero ningún lobo, desconocido ni peludo. Pues los leñadores habían exterminado al lobo.

Entonces, ella misma se decía:

—Voy a ver a abuelita, con cesta y frasco, y cinta verde en el cabello, como mandó mamita.

La aldea y la casa esperándola allá, después de aquel molino, que la gente piensa que ve, y de las horas, que la gente no ve que no son.

Y ella misma resolvió escoger tomar ese camino de acá, loco y largo, y no el otro, corto. Salió, detrás de sus alas ligeras, su sombra también le venía corriendo detrás.

Se divertía con ver que las avellanas del suelo no volaran, con no alcanzar esas mariposas nunca, ni en buquet ni en pimpollo, y con ignorar si las flores —plebeyitas y princesitas a la vez— estaban cada una en su lugar al pasar a su lado.

Venía soberanamente.

Tardó, para dar con la abuela en casa, que así le respondió, cuando ella, toc, toc, golpeó:

— ¿Quién es?

—Soy yo… —y Cinta Verde descansó la voz—. Soy su linda nietita, con cesta y frasco, con la cinta verde en el cabello, que la mamita me mandó.

Ahí, con dificultad, la abuela dijo:

—Empuja el cerrojo de madera de la puerta, entra y abre. Dios te bendiga.

Cinta Verde así lo hizo y entró y miró.

La abuela estaba en la cama, triste y sola. Por su modo de hablar tartamudo y débil y ronco, debía haber agarrado una mala enfermedad. Diciendo:

—Deja el frasco y la cesta en el arcón y ven cerca de mí, mientras hay tiempo.

Pero ahora Cinta Verde se espantaba, más allá de entristecerse al ver que había perdido en el camino su gran cinta verde atada en el cabello; y estaba sudada, con mucha hambre de almuerzo. Ella preguntó:

—Abuelita, ¡qué brazos tan flacos los suyos, y qué manos temblorosas!

—Es porque no voy a poder nunca más abrazarte, mi nieta… —la abuela murmuró.

—Abuelita, pero qué labios tan violáceos.

—Es porque nunca más voy a poderte besar, mi nieta… —la abuela suspiró.

—Abuelita, y qué ojos tan profundos y quietos en este rostro ahuecado y pálido.

—Es porque ya no te estoy viendo, nunca más, mi nietita… —la abuela aún gimió.

Cinta Verde se asustó más, como si fuese a tener juicio por primera vez. Gritó:

— ¡Abuelita, tengo miedo del Lobo!

Pero la abuela no estaba más allá, estaba demasiado ausente, a no ser por su frío, triste y tan repentino cuerpo.

Readaptación del cuento clásico "CAPERUCITA ROJA".

sábado, 8 de agosto de 2020

CAPERUCITA ROJA. Adaptación de Luís Pescetti.





Cierto dí­a iba Caperucita por el bosque de… che ¿cómo se llamaba ese bosque?
-¿Cuál? El de… ¿el bosque de Sherwood?
-No, ése era el de Robin Hood.
-¿Robin Hood no era el compañero de Batman?
-No, el compañero de Batman era Mandrake.
-¡Si Mandrake era un mago!
-¿Y qué tiene? Además era el ayudante de Batman.

 

-… ¿seguro?
-Claro, ¿para qué te contarí­a mentiras, eh? ¿Querés que siga?
-Y, sí­…
-El bosque quedaba en Transilvania…
-Che, no jodas. ¿Transilvania no era donde viví­a el Conde Drácula?
-Vos tenés todo mezclado. No prestás atención a lo que te cuento y se te mezcla todo. Transilvania queda en Estados Unidos… si me vas a cuestionar todo mejor me callo.
-Sí­, mejor.
-… ahora no me callo nada.
-Te callás porque no querés contarme el cuento, porque no lo sabés.
-Claro que lo sé; ahí­ te va, cierta noche, Caperucita estaba cerrando su famoso restaurante…
-¿¡Su famoso restaurante!?
-Sí­, cuando de repente recibió una llamada telefónica…
-… era uno que le avisaba que vos le estabas haciendo bolsa su cuento.
-No, era su mamá, que le pedí­a que pasara de la abuelita a dejarle algo de comer. Le dijo así­, “Blancanieves…”
-¿¡”Blancanieves” le dijo!?
-Sí­, “Caperucita” se llama el cuento, pero a ella le encantaba que le dijeran “Blancanieves”. Entonces el tí­o le dijo así­…
-Che, ¿no era la mamá la que estaba en el teléfono?
-¡Nunca dije que fuera la madre… por favor, prestá atención! Dejáme seguir, le dijo así­, “Blancanieves, cuando cierres tu famoso restaurante llevále algo a tu abuelita que recién me habló y dice que está con un hambre terrible”.
-¿Y por qué la abuelita no la llamó directamente al restaurante?
-Porque se le olvidaba el número.
-¿Y por qué no lo tení­a anotado en un papelito al lado del teléfono?
-Porque el lápiz se lo habí­a prestado a un humilde cazador.
-¿El que aparece al final del cuento?
-Exactamente, que fue el que atendió el teléfono.
-… che ¿No lo habí­a atendido la misma Caperucita?


 
¿Quién? ¿Blancanieves?
-Sí­.
-No creo, ella no tení­a teléfono.
-¿¡Y dónde recibió la llamada si no tení­a teléfono!?
-Ahí­ está la gracia, escuchá, entonces el humilde cazador le dijo a la mamá…
-¿Por qué era “humilde cazador”?
-Porque si hubiera sido rico tendrí­a empresas pero no serí­a cazador. Ahora calláte y dejáme contarte el cuento.
-… ¿no tenés otro? No entiendo nada.
-Porque no prestás atención. Entonces el humilde cazador le dijo, “Mire, señora, su hija se fue a un baile a que le probaran un zapatito”.
-¿Ese no es el de Cenicienta?
-No, en el que hay un baile es el de Pinocho.
-En el de Pinocho nunca hubo un baile, porque él no era como los demás niños.
-El que no era como los demás niños era Frankestein.
-¡Pero si él era un monstruo!
-Por eso no era como los demás niños, ¿querés que siga o cambio?
-… y no, seguí­…
-Entonces la abuelita le dijo…





-¿Qué abuelita? ¿No estaba hablando con la mamá?
-¿Ves? No atendés. ¿No te dije que la mamá era sorda?
-¿Sorda?
-Y claro, le habí­an hecho una operación, pero no quedó bien.
-¿En el cuento dice eso?
-Por supuesto, yo nunca te mentirí­a. Sigo. Entonces le dijo, “No importa yo igual la llamo después, no se olvide de darle mi mensaje”. Pero ni bien colgó el cazador ya se habí­a olvidado y ese mismo dí­a la abuelita hubiera muerto de hambre… si no fuera porque pasó un lobo y se la comió. Y colorí­n colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te gustó?
-… al medio no lo entendí­, pero estuvo bueno.
-¿Qué parte?
-La de los ladrones que entran a la pizzerí­a.
-Porque no prestás atención. Mañana te cuento otro.