Mostrando entradas con la etiqueta María Bautista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Bautista. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de diciembre de 2013

ATRAPAR EL OTOÑO.



La niña Clara era una niña de ciudad. Vivía, jugaba y crecía en la ciudad y aquel era el lugar que mejor conocía. Como toda niña de ciudad, a Clara no le sorprendían ni le molestaban los coches que rugían en las calles. Tampoco le importaba que no se vieran estrellas cuando miraba al cielo, porque la ciudad estaba llena de puntos luminosos que salían de los escaparates y de los edificios altos.

Lo más parecido que Clara había visto al campo en su vida, era el parque municipal al que iba con Papá y Mamá los domingos. En el parque municipal había un pequeño lago con patos de colores, ardillas que saltaban de árbol en árbol y césped por doquier. Pero como descubriría Clara aquel fin de semana, eso poco o nada tenía que ver con el campo de verdad.

Y es que aquel fin de semana de Halloween, Clara y sus padres visitaban al tío Román que vivía en el campo. Juntos, iban a ir a recoger setas.

– Pero ¿cómo son esas setas?
– Pues como van a ser Clara, como las de la tienda de verduras de la esquina. Pero mucho más ricas – le explicó Papá.
– ¿Y las vamos a coger nosotros?
– Sí, y luego las cocinaremos.
– Y ¿no podemos ir otro fin de semana que no sea Halloween?
– No Clara, a lo mejor el próximo fin de semana ya no hay. Tiene que ser este.

Clara no entendía qué tenía de emocionante recoger setas en el campo cuando una podía ir al supermercado y comprarlas sin tener que pasar frío, mancharse las manos y lo más importante: ¡perderse la fiesta de Halloween!

Sin embargo, cuando la pequeña Clara se adentró en el bosque y vio todos aquellos árboles encendidos como si fueran farolas, y todos aquellos sonidos extraños que nadie sabía de dónde salían, comprendió que aquello tenía mucha más magia que entrar en un supermercado y comprar una bandeja de champiñones.

 – Mira Mamá, los árboles son rojos, amarillos y naranjas. ¡Esto es mucho más bonito que nuestro parque municipal!

Clara miraba tan extasiada al cielo que, sin querer, pisó algo blandito que la hizo resbalar.

– Clara, ¡no hemos venido aquí a pisar setas, sino a recogerlas!

Así que Clara tuvo que dejar de mirar al cielo y concentrarse en aquel suelo lleno de hojas secas, barro, lombrices, pequeñas ramas, raíces y ¡setas! Había muchísimas: algunas, tal y como le explicó el tío Román, eran venenosas, pero la mayoría estaban deliciosas. Las había planas y oscuras, otras tenían la parte de arriba, lo que llamaban sombrero, más ondulada y algunas hasta eran azules.

– ¿Y con ese color no será una seta venenosa? – preguntó sorprendida Clara.
– ¡Qué va! Están riquísimas. Se llaman pie de caballero porque los antiguos caballeros medievales llevaban una armadura cuyo color era muy parecido al de esta seta.

Después de varias horas, todos habían cogido suficientes setas como para que el tío Román hiciera un estupendo puchero. En el camino de vuelta, Clara decidió que además de su pequeña colección de setas, se llevaría algunas de aquellas hojas maravillosas con las que el otoño había pintado el bosque. Además de colores brillantes, las hojas tenían formas extraordinarias. Algunas parecían las crestas de los renos de Papá Noel, otras parecían palmas de mano abiertas, otras abanicos japoneses.

 – Cogeré todas estas hojas y las meteré en un bote de cristal. Será cómo atrapar el otoño.

Cuando tres días después Clara llevó aquellas hojas a sus compañeros de clase, para enseñar lo bonito que era el otoño en el bosque, comprobó con desilusión que todas habían perdido su brillo. Las rojas se habían vuelto granate tan oscuro que casi parecía marrón. Las amarillas se habían quedado blanquecinas y las naranjas parecían tan marrones como las aburridas hojas de ciudad.

– ¿Qué ha pasado con mi colección? – se preguntó Clara muy decepcionada – ¿Habrá sido culpa de la ciudad?

Pero como le explicaron luego Papá y Mamá, la culpa no era de la ciudad. Nadie podía atrapar el otoño y guardar el otoño en un bote de cristal. El color de las hojas, como las setas en el campo, o las propias personas, eran cosas que nunca permanecían igual, que iban cambiando a medida que pasaba el tiempo y que acababan por desaparecer.

– ¿Quieres decir que las hojas también se hacen mayores?
– Claro, por eso se marchitan. Por eso también hay que disfrutarlas en el momento y no dejarlas pasar.
 – Entiendo – exclamó Clara pensativa –. Por eso teníamos que ir ese fin de semana sin falta al bosque. Porque las setas también se estropean.

Clara tiró su bote de hojas a la basura con cierta tristeza. ¡Eran tan bonitas cuando las recogió!

– No pasa nada, Clara. Lo importante no es atrapar el otoño, sino haberlo disfrutado. Además, el otoño todavía no se ha acabado. ¿Nos vamos el próximo sábado al campo?

Y Clara, la niña de ciudad, no se lo pensó dos veces…
 
Autor: María Bautista.

martes, 19 de noviembre de 2013

CAMBIO DE ESTACIONES.


 
Larisa había nacido en septiembre, la madrugada en que el verano y el otoño se daban la mano. Por eso, por ser una niña a medio camino entre el sol y la lluvia, Larisa era alegre y resplandeciente, pero también pensativa, nostálgica y a veces un poco llorona.

A Larisa le gustaba tostarse al sol y pasear bajo la lluvia. Le gustaban los helados y las sopas calientes, las mantas a cuadros y los bañadores de volantes. El calor y el frío. El verano y el otoño. Septiembre.

Por eso, el año que Larisa cumplió 8 años recibió un regalo muy especial. No creáis que se lo hizo Mamá, ni Papá, sino el viejo vecino del primero. Se trataba de una bola de cristal con una ciudad en miniatura dentro.

- La ciudad que hay dentro es la nuestra. ¡Agítala!

Y al hacerlo, Larisa observó sorprendida como la ciudad no se llenaba de nieve sino de una lluvia de hojas de colores.

- ¡Es preciosa! Muchas gracias.
- No es solo preciosa. También es mágica.
- ¿Mágica?
- Claro. Es la bola de los cambios de estaciones. Solo alguien que haya nacido entre una estación y otra puede tenerla.
- ¿Y qué puedo hacer con ella? – preguntó con incredulidad Larisa.
- Utilizarla con inteligencia. Cada vez que agites tres veces seguidas esta bola, cambiará la estación.
- ¡Eso es imposible!
- ¿No me crees? Hazlo.

Larisa agitó tres veces la bola y observó maravillada como las pequeñas hojas de colores cubrían la ciudad en miniatura. De repente un fuerte estruendo la asustó.

- ¿Qué ha sido eso?
- Una tormenta. Va a empezar a llover.
- Pero si hacía un sol impresionante. ¿Cómo es posible?
- Porque has agitado tres veces la bola mágica.

 Larisa miró con sorpresa al anciano. ¿Sería cierto o habría sido una simple casualidad?

- Tienes que creerme. Esta bola controla las estaciones y ahora tú eres su guardián.
- ¿Yo? Pero si solo soy una niña…
- Pero solo las personas que nacen entre estaciones pueden tenerla. Yo nací entre el invierno y la primavera y tú entre el verano y el otoño.
 - Y ¿qué tengo que hacer?
- Agitarla tres veces los días que cambian las estaciones…
- ¿Y si me equivoco?
- No lo harás. Eres una niña lista. Lo harás bien.
- Pero, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo tú?

El anciano miró con ternura a la niña. Tenía los pies hinchados, las manos arrugadas y unos ojos grises como un día de invierno. Sin embargo su sonrisa era tan bella como la primavera.

- Yo ya no puedo hacerlo. Cada vez soy más viejo, se me olvidan las cosas. Este año no recordaba donde la había puesto y por mi culpa el verano entró tres semanas más tarde.

Al oír aquello, Larisa comprendió que el anciano decía la verdad: aquel verano no había empezado a hacer calor hasta mediados de julio y todo el mundo estaba extrañadísimo.

 - Está bien. Yo guardaré la bola mágica. Solo la agitaré tres veces cuando cambien las estaciones.

Y así lo hizo. Cada tres meses, en todos los cambios de estaciones, Larisa cogía su bola mágica y la agitaba tres veces. Entonces, contemplaba emocionada como el cielo cambiaba de color y daba paso a una nueva estación. Del otoño al invierno, del invierno a la primavera, de la primavera al verano, del verano al otoño y vuelta a empezar. Un año. Y otro. Y otro. Y otro…

Las estaciones fueron pasando y Larisa se acabó convirtiendo en una anciana despistada a la que poco a poco se le iban apagando los recuerdos. Primero olvidó dar de comer a su gato, y el pobre tuvo que buscarse otra dueña. Luego se olvidó de pagar los recibos de la luz y acabó viviendo a oscuras. Por último, se olvidó de aquella bola mágica que cambiaba las estaciones.

Y así ocurre ahora: el tiempo es un caos. Un día llueve y al siguiente hace un calor terrorífico. De repente viene el frío invernal y al momento corre un delicioso viento primaveral. ¿No os habéis dado cuenta?

Es la vieja Larisa que agita tres veces su bola mágica sin saber muy bien para qué. No recuerda nada. Solo sabe que espera a alguien que haya nacido entre una estación y otra.

Un niño o una niña que sea mitad primavera, mitad verano.

Mitad otoño, mitad invierno.

Algo así…
Autor del cuento: María Bautista.