Mostrando entradas con la etiqueta Cuento infantil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento infantil. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de abril de 2026

SI LOS CUENTOS NO SE CUENTAN.

 
Si los cuentos no se cuentan
 dejan de existir las hadas,
los dragones, los vampiros,
los duendes y los piratas.
 
Y no hay pasajes secretos
ni cuevas maravillosas
ni castillos encantados
ni una isla misteriosa.
 
Si los cuentos no se cuentan,
se destierra la poesía
del país de nuestra infancia:
País de la Fantasía.
 
Por favor, cuéntame un cuento
y vuélvemelo a contar,
no vaya a ser que se pierda
a la orillita del mar. 

sábado, 5 de octubre de 2024

CUÉNTAMELO OTRA VEZ.


-Amalia Bautista-
 
Cuéntamelo otra vez, es tan hermoso
que no me canso nunca de escucharlo.
Repíteme otra vez que la pareja
del cuento fue feliz hasta la muerte,
que ella no le fue infiel, que a él ni siquiera
se le ocurrió engañarla. Y no te olvides
de que, a pesar del tiempo y los problemas,
se seguían besando cada noche.
Cuéntamelo mil veces, por favor:
es la historia más bella que conozco.
 

viernes, 2 de agosto de 2024

LOBEZNO EN SIERRA MORENA.


El mundo es muy muy grande y hay millones de especies de animales.
En Sierra Morena hay muchísimas especies y entre ellas podemos encontrar jabalíes, conejos, búhos, linces, ciervos y por supuesto, lobos.
 
En Sierra Morena existen animales de granja y animales salvajes y como ocurre en este lugar, a menudo juegan y conviven perfectamente juntos.
 
Pero una noche, mientras todos dormían, varias gallinas y un par de ovejas desaparecieron ¡sin dejar ni rastro!
 
Al amanecer, todos los animales se sorprendieron de aquello y buscaron inútilmente a las gallinas y a las ovejas por todas partes.
-¡Ha sido el lobo! ¡Ha sido el lobo!  -gritaban las urracas-.
-¡Ha sido el lobo! ¡Ha sido el lobo! -sugerían unos buitres que por allí pasaban-.
-¡Pero si yo sólo fui al servicio! ¡No sé nada! -comentaba en tono triste el pobre lobo-.
 
Al pobre lobo lo desterraron de allí:
-¡No vuelvas nunca más por aquí! -le gritaban los animales-.
-¡Te has comido a las gallinas y a las ovejas!
Y el lobo desapareció apenado mientras veía a sus amigos cada vez más y más lejos.
 
-¡Pero si yo no he hecho nada! -pensaba el lobo una y otra vez–.
Aquí ha pasado algo ¡y lo voy a descubrir!
 
Y empezó a recorrer toda la zona en busca de alguna prueba.
Pasó por el río, por las montañas más altas, por el acantilado del norte... y nada.
 
Hasta que de repente pasó por una cueva y decidió entrar.
¡Y allí estaban! atrapados en un agujero.
-Estábamos buscando aventuras por la noche -comentaban los animales arrepentidos-.
 
El lobo, sin esperar ni un minuto, buscó la rama de árbol más larga y los sacaría de allí.
 
Cuando el lobo apareció con las gallinas y las ovejas los demás no se lo podían creer.
Tras pedir disculpas al lobo por haberlo culpado sin pruebas, todos lo mantearon y volvieron a jugar juntos como siempre.
 

viernes, 18 de noviembre de 2022

LA PASTELERÍA.

 

Todos los días, a las cinco en punto abría la pequeña puerta que daba al costado de la calle.

Todos los días, a las cinco pasadas encendía el horno y comenzaba su trabajo. La pastelería no abría hasta las ocho treinta, pero el maestro pastelero debía amasar y preparar sus dulces para que estuviesen tibios y humeantes para sus primeros clientes. Se servía un té, que indefectiblemente se enfriaba en el fragor de su tarea, pero que tomaba igual al cabo de unas horas.

 
Y allí comenzaba la magia, luego de las cinco, todo era posible.
 
Una tosca masa de levadura, se transformaba en un almohadón suave, redondo y tibio. El chocolate tomaba formas inesperadas. Las medialunas se tomaban de las manos y hermosamente estibadas, esperaban en forma ordenada a ser introducidas en el horno, no sin antes darse un tibio baño de almíbar.
 
Los muffins eran cobijados por decorados pirotines y abrigados por una crema que los cubría y que además los vestía de gala con granas de todos colores. Pasadas las cinco, la magia comenzaba y la soledad ya no se sentía.
 
El maestro pastelero no tenía familia, pocos amigos, pero sí muchos clientes.
 
Era viudo y no había tenido hijos. Daba entonces a sus cremas, pasteles y panes un trato que iba mucho más allá de colocarlos en el horno y prepararlos con dedicación. La pastelería era su vida. La decoraba, la limpiaba y ordenaba.
 
Pasaba noches enteras pensando nuevas recetas o alguna innovación en las ya consagradas. Moños y envoltorios que diesen la terminación que cada pequeña obra de arte merecía. Cierto día, se dio cuenta que eran las seis y no había encendido el horno “¡Caramba qué descuido!” pensó, pero al día siguiente notó que el fino trazo de la manga, ya no era tan exacto y preciso como siempre. A la semana siguiente, olvidó los muffins en el horno y comenzó a preocuparse.
 
Pero no fue hasta una mañana en que se quedó dormido y no abrió la pequeña puerta que daba al costado de la calle a la cinco en punto, en que se dio cuenta lo que ocurría. Estaba cansando y se sentía viejo. Su amor por ese negocio que había convertido en su vida misma, no había mermado en absoluto, pero si sus fuerzas.
 
Era hora de comenzar a delegar.
 
Era tiempo de enseñar el oficio a otras manos jóvenes y ágiles que pudieran continuar con su tarea. No quería, no podía. Dejar sus masas en manos de otra persona era algo impensado. Permitir que otros ayudasen a que las medialunas se tomasen de la mano y brillasen como reinas, no era algo que el maestro pastelero se hubiese planteado jamás.
 
Pero el tiempo no consulta nuestra voluntad y muchas veces -no todas- decide por nosotros. Pensó en cerrar la pastelería, pero aquello era igual a morir en vida y no estaba dispuesto a morir, no todavía.
Fue entonces, cuando colocó en la vidriera un cartel que decía “Se necesita aprendiz”.
 
No le gustó como quedaba en medio de los budines y bombones. Le pareció que ese cartel era un intruso en la intimidad de esa vidriera que sólo él armaba con un infinito amor. No iba a ser sencillo encontrar al joven que pudiese aprender todo lo que él sabía, pero más difícil aún, sería encontrar a alguien que le diese el mismo sentido, la misma dedicación y el mismo amor que él daba a cada producto manufacturado.
 
“No tiene buen pulso”, pensó del primero. “Sus manos son ásperas, no amasará con delicadeza”, pensó del segundo. “Es ansioso, sacará las cosas del horno antes de tiempo”, dijo del tercero y con el último muchacho se quedó. No fueron sus manos, ni su pulso lo que lo hizo tomar la decisión, sino su mirada. El joven miraba la pastelería con un dejo de éxtasis y fascinación. Observaba los panes y los bombones como a obras de arte y tomó un muffin con la misma delicadeza con que se toma a un recién nacido en brazos. “Es él” se dijo.
 
Pasadas las cinco del día siguiente comenzó el entrenamiento.
 
A las cinco en punto del otro día abrieron juntos la pequeña puerta y a las ocho treinta levantaron ambos la persiana de ese mundo de levadura y azúcar que hacía un poco menos dolorosa la vida de muchos.
 
En ese pequeño gesto de levantar la persiana junto al joven, el pastelero se dio cuenta que había sido acertada la decisión de tener un ayudante. No había querido aceptar, hasta ese día, que ya le costaba mucho levantarla solo. Las persianas suelen ser como la vida, con los años, se ponen más pesadas o mejor dicho, se va teniendo menos fuerza y se hace más necesario otras manos que nos ayuden.
 
El joven aprendía con una velocidad impresionante y no sólo eso, con el tiempo, comenzó a crear sus propias recetas.
 
Sólo unas pocas correcciones debía hacerle el pastelero muy de vez en cuando.
 
    – Haz repetido grana del mismo color en este muffin.
 
    – Recuerda que la manga es como ciertas personas, necesita firmeza para ir derecho por la vida.
 
    – Debes cuidar el baño María, al chocolate hay que tratarlo con dulzura y tranquilidad, como a las personas irascibles.
 
Una mañana el pastelero se quedó muy dormido y salió apresurado de su casa, ya no podría abrir la pastelería en punto. Llegando a la calle donde estaba su negocio, el aroma le indicó que el joven había estado a las cinco en punto, que el horno había sido encendido a las cinco pasadas y que todo había estado en orden a las ocho treinta cuando la persiana debió haberse levantado. Un té tibio lo estaba esperando y respiró tranquilo.
 
El tiempo fue pasando y el joven se convirtió en un experto.
 
No sólo era un buen alumno, sino que tenía eso que hay que tener muy dentro de uno para que las cosas salgan bien, amor mucho amor y orgullo. El tiempo fue pasando y el joven dejó de ser tan joven y el maestro pastelero dejó de sentirse viejo para ser viejo.
 
Y como en uno de esos trueques que la vida nos ofrece, los roles se intercambiaron. Ahora era el muchacho quien corregía con infinito respeto el pulso tembloroso del maestro, quien recordaba la hora en que el horno debía prenderse y el tiempo de levado de cada pieza. A las cinco en punto, el muchacho abría la pequeña puerta del costado de la calle, pasadas las cinco encendía el horno y ocho y treinta levantaba la persiana y el maestro lo acompañaba en esos rituales que tan suyos habían sido.
 
Un día el maestro enfermó y ya no pudo levantarse.
 
Ya no le molestaba morir. Lo que había sido su vida entera, no moriría con él, había un joven que seguiría dándole sentido a ese mundo que con tanto amor, él había construido.
 
Tranquilo y feliz, como quien deja el más hermoso legado en las manos de un hijo, el maestro murió.
 
Y como el más respetuoso y amoroso de los homenajes, a las cinco en punto del día siguiente, el joven abrió la pequeña puerta del costado de la calle, pasadas las cinco encendió el horno y a las ocho y treinta subió la persiana de la pastelería. Se sirvió un té, que también dejaría enfriar, y comenzó a trabajar.
 

domingo, 26 de junio de 2022

UN AMIGO INESPERADO. Francesc Miralles.

 

Hacía horas que Mariana no lograba conciliar el sueño. Aunque tenía clase en el instituto a la mañana siguiente, acabó saltando de la cama, dirigiéndose hacia el ordenador. Desde que su mejor amiga había hecho una fiesta sin invitarla, se sentía humillada y llena de rabia. Al hablarlo con ella, le había dicho que la fiesta había sido idea de Jenny, una chica de clase con la que Mariana no se hablaba.

“Para que no se produjera una situación difícil”, argumentó, “esta vez no te invité, pero ha sido una situación especial”. Mientras Mariana encendía el ordenador, un trueno hizo retumbar la ventana abierta. Al ir a cerrarla, vio una figura extraña: un joven vestido de clown esperaba en la parada del autobús nocturno.

Antes de sentarse frente al ordenador, se preguntó quién sería aquel payaso que volvía a casa de madrugada sin haberse podido cambiar. Entró en Facebook y fue directamente a su agenda de amistades. Vio que eran demasiadas. A muchas personas apenas las conocía, y otras que conocía bien no podían llamarse así.

“Tengo que hacer limpieza”, se dijo a la vez que un segundo trueno daba inicio a una fina lluvia.

Se levantó un instante para ver si el clown todavía estaba allí fuera, a la intemperie. Efectivamente, seguía de pie en la parada. Su maquillaje amenazaba con deshacerse si el bus no llegaba pronto. Turbada por esta imagen, volvió al ordenador dispuesta a limpiar su agenda de falsos amigos. Empezó bloqueando a Jenny, que, absurdamente, aún formaba parte de sus contactos. Luego se deshizo de todos aquellos a quienes no conocía personalmente.

Cuando el número de contactos quedó reducido a cincuenta, Mariana se dijo que tampoco todos ellos podían llamarse amigos. ¿Cuántos ponían “me gusta” a sus post? Siempre los mismos diez o doce. El resto era como si no existiera. Decidió eliminarlos sin piedad. Luego fue al muro de su mejor amiga. En su último post, aparecía abrazada a Jenny, bailando en la fiesta donde ella no había sido invitada.

Estaba a punto de bloquearla también cuando oyó que se desataba definitivamente la tormenta. Corrió hasta la ventana para comprobar si el clown seguía allí. Al verle empapado bajo la tormenta, se olvidó por un momento de su limpieza de amigos y decidió bajar con un paraguas. Se dio cuenta, entonces, de que era muy joven. Como mucho un par de años mayor que ella. Tras ofrecerle el paraguas abierto, le preguntó:

—¿Qué haces a estas horas de la noche vestido así?

—Vengo de actuar en una cena de cumpleaños –contestó el chico– y vuelvo en autobús porque me pagan muy poco. Hoy, además, en el restaurante me han robado la bolsa con la ropa para cambiarme.

Mariana sintió lástima por aquel payaso mojado.

— ¿Y no te gustaría dedicarte a otra cosa? –le preguntó–. Aún estás a tiempo de estudiar otro oficio.

—No hay mejor oficio que este –dijo el payaso llevándose la mano al corazón–. Creo que quien me ha robado la ropa para hacerme una mala pasada estaba en la fiesta, pero allí también he visto a varios reír hasta llorar. Quizá han tenido un día terrible y durante un rato les he ayudado a aligerar su carga, como un amigo inesperado. –En este punto, el clown miró a la chica, dándose cuenta de que era solo una adolescente– ¿Y tú? ¿Qué haces despierta a estas horas?

—He visto que te estabas mojando y he bajado a traerte un paraguas. Eso es todo.

—Entonces eres como yo. Has bajado para ayudar a alguien que ni siquiera conoces. Por la sola satisfacción de hacerlo, sin pedir nada a cambio.

Esta frase la hizo reflexionar sobre los sentimientos negativos que había albergado los días pasados. Cuando la silueta del autobús ya se perfilaba al fondo de la avenida, Mariana le tomó de la manga y le dijo:

—Tengo algo que preguntarte... ¿Has sentido a veces que das lo mejor de ti a alguien y que luego no te corresponde?

—Cada día, forma parte de mi oficio.

— ¿Y no te enfadas?

—No, porque he entendido que la generosidad no es un camino común de ida y vuelta.

—¿Qué quieres decir con eso? –le preguntó ella.

—Lo bueno que das vuelve a ti, pero no siempre por parte de las personas que reciben tus favores. Esa es la magia de dar sin esperar nada a cambio –dijo mientras el autobús ya frenaba frente a la parada–. El universo te premia a través de otros amigos, incluso a través de alguien que no te conoce.

— ¿De verdad? ¿Te ha sucedido alguna vez?

El payaso besó a la chica en la frente y, antes de subir al autobús, le confesó:

—Sí, esta noche. Yo he dado lo que tenía en otra parte, y tú me has traído el paraguas.

 AUTOR: Francesc Miralles