sábado, 22 de diciembre de 2018

POBRES, LOS DE ANTES.




 

¿Qué va a ser de nosotros sin el pobre
nuestro de cada día. Ese
pobre de los de antes que llamaba
con su estampa a tu puerta en nochebuena
y te besaba el dedo con que lo santiguabas
o se bebía el consuelo de su propia saliva
y se arropaba con su indignidad?

¿Qué va a ser de nosotros si los pobres
renuncian a su mansa pobreza y caen presos
de su propia codicia en la asechanza
de la prosperidad?

Pobres de ahora, apenas sin condición, perdidos,
que acuden disfrazados de ricos a las bodas.
Pobres sin remisión,
que aborrecen un cielo que no sea el de plasma.
Pobres a plazos. Pobres de por ciento.
Pobres a saldo, en fin, que se encarecen
como los pavos por la navidad.

Ah, yo no.
Yo aborrezco estos pobres de franquicia,
de granja todos, de fiesta sin guardar.

Prefiero los de antes, los de toda la vida.
Aquellos que se ahorcaban en invierno
con las largas bufandas de colores,
que tricotábamos las damas
de la Antigua y Real y Santa Caridad.

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