Ayer,
pese a advertirla,
mi
hija se balanceó sobre el respaldo del sofá,
se
cayó y se hizo un corte en la boca.
Porque
vi cómo sucedía sabía
que
no se había hecho daño, pero aun así
la
sangre tan roja de una niña
paraliza
el corazón de un padre.
Mi
hija soltó sus lágrimas;
yo
apliqué hielo
a
su labio.
Ahí
quedó todo.
Es
el cuento de nunca acabar.
Yo
intento inculcarle prudencia;
ella
trata de enseñarme el riesgo.
