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domingo, 12 de junio de 2016

LA VIDA ERA ESO. Carmen Amoraga.



Su nombre, a fuerza de premios, se ha convertido en una figura representativa de la actual literatura española. El reconocimiento de mayor repercusión hasta el momento ha sido sin duda el apoyo del público, pero también el Premio Nadal otorgado a su novela: “La vida era eso”.
A través de conversaciones, recuerdos, comentarios espontáneos en las redes sociales, escenas cotidianas con vitalidad y sin dramatismo aderezado con un cicatrizante sentido del humor; Carmen Amoraga construye una novela íntima sobre el amor y la perdida, el valor de lo vivido y lo por vivir.





SINOPSIS: Porque aprender a perder es aprender a vivir.  La muerte fulminante de su marido deja a Giuliana devastada y sola con dos hijas pequeñas. Superar un día tras otro está poniendo a prueba su resistencia y su imaginación.
La compañía, el apoyo, la ayuda de los demás y sus nuevas relaciones en las redes sociales llevarán a Giuliana a enfrentarse al dolor de la pérdida y a volver a empezar.
A través de recuerdos, escenas cotidianas, con vitalidad y sin dramatismo, Carmen Amoraga construye una novela íntima y universal sobre el amor, la pérdida y las segundas oportunidades. El valor de lo vivido y lo que queda por vivir.







La novela parte de un hecho muy duro, que remueve mucho al lector, la gran lacra del cáncer. Pero sobre todo, habla de los sentimientos atemporales, donde aúna el amor y la pérdida, el recuerdo de lo vivido cuya intensidad devuelve las ganas de vivir; al hacernos sabedores de que una etapa ha terminado pero también, la culpa y la relegación al olvido de lo malo nos saca del ensimismamiento devolviéndonos a la cruda realidad. Porque después de la desesperanza vuelve la esperanza y la aceptación. Y, a su vez, sirve para cerrar un capítulo que abre el camino a uno nuevo. De ahí que sobrevivir nunca es lo mismo.
Una enseñanza, una moraleja sobre la superación. Nos demuestra, con ágiles golpes de ritmo, a veces con apretadas líneas, como la protagonista desgrana en poca palabras el complejo recuento de una vida en común con su pareja tras el mazazo de un cáncer letal. De igual manera, la novela funciona desde el eje del tú-yo de la pareja; puesto que, no es una novela tiste, sino fuerte, cercana, restauradora.

La trama nos envuelve en un abrazo, nos lleva de la mano en esta enseñanza a superar el dolor de la perdida. Eso se refleja en la acertada división de la novela que ayuda a comprender la situación psicológica de las distintas etapas por la que va pasando la protagonista. Carmen Amoraga nos presenta una prosa lúdica, diestra, reconfortante donde tiene la capacidad asombrosa de tocar los sentimientos del lector. De ahí que, el texto nunca se pierde en disquisiciones aportando vitalidad. No obstante, es un libro que duele, que cala muy hondo, porque es imposible no sentir el dolor de la protagonista y hacerlo nuestro.

Es verdaderamente admirable, como en un conjunto de frases cortas y certeras, la escritora, ha sido capaz de cincelar un complejo entramado de personajes muy bien definidos y caracterizados. Ha sido capaz de romper moldes con cada uno de los protagonistas.
Sin lugar a dudas, construye una historia realista donde consigue hacer una reflexión no tanto sobre la muerte, sino sobre la aceptación de la misma.


lunes, 13 de octubre de 2014

EL HOMBRE QUE ARREGLABA LAS BICICLETAS. Ángel Gil Cheza.



Una novela que cuenta lo que quiere contar, y en la que hablan los gestos y se dibujan las palabras.


SINOPSIS:  ¿A quién le escribirías la última carta de tu vida?
El testamento de un escritor de novela negra empuja a su viuda, a su hija y a una antigua novia irlandesa —a la que abandonó años atrás sin explicación alguna— a convivir un verano en su casa de la playa junto a un taller de bicicletas en la costa mediterránea.
Hay novelas que no se pueden contar, ni tan sólo describir, porque sería como explicar un beso antes de darlo. El hombre que arreglaba las bicicletas es un verano en algún lugar de nuestra imaginación.
En esta obra, el autor nos habla de los amores de juventud; de lo que queda por decir; del amor que no se olvida; de los secretos que guardamos;  de cómo cada persona que uno ama está, de alguna manera, conectada con las anteriores o posteriores relaciones de su existencia; de las pasiones adolescentes;  de los motivos, a veces insospechados, que motivan a las personas a abandonar una gran pasión sin dejar huella y, sin embargo, no olvidarla jamás; de lo sentimientos encontrados que genera el conocimiento de la vida sentimental de un hombre que ha simbolizado para ti un gran amor; de los caprichos que sólo el corazón conoce.
Ángel Gil Cheza consigue contagiarnos su particular modo de ver el mundo; un lugar en el que se escucha cada palabra, se atiende a cada gesto, y donde cada momento que compartimos con alguien cuenta.
Ángel Gil Cheza escribe como un poeta que nunca escribió un solo verso. Lo hace con contundencia y dureza cuando la trama lo requiere y con delicadeza y lirismo cuando la trama se lo pide. Su novela engancha y su lectura es rápida, porque te atrapa desde el comienzo. Con varios vuelcos magistrales y con un final espectacular e inesperado.


Reconozco que me resultó un comienzo algo confuso hasta que poco a poco me quedé prendado tanto de la historia como de la forma de narrar del autor. El argumento gira en torno a las relaciones que se establecen durante un verano entre tres mujeres que de distintas maneras fueron muy importantes en la vida del mismo hombre, dos mujeres que representaron dos tipos de amor en distintos momentos de su vida y la hija que tuvo con la que acabó siendo su esposa. Ninguna de las dos mujeres sabía nada de la otra y tras el estupor y rechazo inicial comienzan a evaluar que parte de ese hombre ya desaparecido pueden encontrar en la otra.


Ángel Gil Cheza describe de forma brillante los pensamientos, sentimientos y actitudes vitales de los personajes. No existen reglas de oro para pintar con palabras los sentimientos.
Es también una novela de personajes. Tres personalidades muy distintas llenan estas páginas. En cualquier caso, hay un perfecto equilibrio entre ellas, ninguna pesa más que la otra, son sumamente distintas y a la vez complementarias. Sin duda el autor ha hecho un buen trabajo en el trazado del carácter de las tres y consigue que las entendamos aunque, no siempre, compartamos sus decisiones y actitudes. Por el silencio de sus personajes. Por las cosas que se callan porque duelen, o las que no quieren oír porque van a doler. Donde saben que cada uno lleva su parte de culpa escondida.

Con un lenguaje detallista, sencillo, refrescante nos encontramos con una novela intimista que te adentra directamente en un mundo de recuerdos, de nostalgia, de amistad, de amor, de rencores, de desilusión y de esperanza, todo envuelto por la brisa del mar.

Una novela que remueve, que nos hace pensar en lo que tenemos, en lo que perdimos y en cómo sería nuestra vida si las decisiones tomadas fuesen otras.