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domingo, 21 de abril de 2024

CAFÉ.



El cielo despejado,
a ráfagas tu nombre acude a mi presente
como un deslizamiento sobre el móvil inmóvil,
¿dónde podría llamarte, qué extraña dimensión
qué galaxia lejana, qué habitación de al lado
como dijo e de Hipona...?

Con desgana leo prensa mientras tomo un café
desalentado y triste, igual que las noticias
que no ofrecen estímulos: problemas y catástrofes
parecen insoluble. Prosiguen mientras tanto
cotidianos afanes, la plaza aletargada
bajo la imagen fija de la torre
centra la plenitud del infortunio.

Me traiciona el reflejo, iba a mandarte
un beso por wasap y me detuve allí,
donde imagino no existirá el reloj
ni la tecnología, o tal vez sí, quién sabe.

He mirado este cielo color moho
mientras la luz difusa me devuelve
hacia la aceptación de lo real.
El hielo de la nada se disuelve
sobre el café como un azucarillo.
 

viernes, 3 de septiembre de 2021

AVISO SENSORIAL.

 

 Ilustración Kateřina Bobrova.

En las tiendas de café habitan torbellinos de Arábica, ráfagas de Robusta, mareas de Liberica, enjambres de notas picantes o florales, de frutos rojos o frutos secos, aterciopeladas y con sabor intenso, para insinuar el juego exquisito entre el equilibrio y el cuerpo.

Aroma y sabor…de esos que activan la memoria… de esos que llegan hasta lo más entrañable de la vida íntima…aquellos que de un momento a otro pueden llevarnos del presente al universo de la infancia. Dicen que sobre gustos, "no hay nada escrito" y que los olores son neutros pues casi siempre se valoran o significan en la mirada retrospectiva, en el contexto recordado.

El molinillo y el aroma a café: un clásico que traslada a otros tiempos y lugares sentimentales.

Entre la bruma de los años, veo las manos cansadas de la abuela y el círculo dibujado con el rodar de la manivela mientras su molinillo preside la escena. Cambiar el estado de las cosas con solo dar vueltas y más vueltas. El aroma persistente que exhala el grano al mutar en polvo tiene el encanto de anticipar el placer que nos aguarda. Oscuro tesoro polvoriento en una verdadera alquimia…

En este festival de sensaciones, todos somos coleccionistas de recuerdos, con un sabor que deleita el paladar o un aroma que nos hace viajar en el tiempo. 

¿Pensaste en los tuyos?

AUTOR: Maria Elida Recalde.


viernes, 13 de noviembre de 2020

DESAYUNO.




Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso
el impermeable
porque llovía.
se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

viernes, 24 de enero de 2020

UN MILAGRO PARA EL DESAYUNO.








A las seis en punto esperábamos el café,

el café y esas compasivas migas

que nos traerían desde algún balcón

como a reyes de antaño, o un milagro.

Aún estaba oscuro. Un pie de sol

se posó en una larga onda del río.



El ferry matinal cruzaba el río.

Por el frío, queríamos café

caliente, dado que la luz del sol

no iba a darnos abrigo; y que las migas

fueran pan, mantequilla, por milagro.

A las siete salió un hombre al balcón.



Estuvo un rato solo en el balcón

con la mirada fija sobre el río.

El criado le dio los ingredientes de un milagro,

una sencilla taza de café

y un panecillo que deshizo en migas,

su cabeza, digamos, entre las nubes, junto con el sol.



¿Estaba loco el hombre? Bajo el sol,

¿qué trataba de hacer, en el balcón?

Recibieron los hombres duras migas,

que algunos arrojaron desdeñosos al río,

y, en la taza, una gota del café.

Algunos nos quedamos, esperando el milagro.



Diré qué vi después; no fue un milagro.

Una hermosa mansión se alzaba al sol

y salía, caliente, de la puerta un aroma a café.

Al frente, en yeso blanco, un barroco balcón

de pájaros que anidan junto al río

—lo vi sin despegar el ojo de las migas—



y salas y recámaras de mármol. Mis migas,

mi mansión, fabricada por milagro

durante años, por insectos y aves, por el río

que erosiona la piedra. Cada día, en el sol,

me siento al desayuno en mi balcón

y con los pies en alto bebo mucho café.



Lamimos esas migas, tragamos el café.

Una ventana frente al río captó la luz del sol

como si el milagro ocurriera, pero en otro balcón.