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domingo, 16 de julio de 2017

LA COLOMBINA.



 



En el tumulto de los húsares de Momo,

encandilado por las luces de otro barrio,

aquel murguista saludando con su gorro,

se despedía, como siempre, del tablado.



Entre la nube de pintados chiquilines,

vió la sonrisa que enviaba una princesa,

entre los rostros de mezclados colorines,

dudó si era para él la gentileza.



Y por si acaso dedicó una reverencia

a la muchacha que en la noche se quedaba.

En el momento de partir la bañadera,

volando un beso se posaba en su ventana.



Y paso a paso la ansiedad lo malhería,

quedaba poco del nocturno itinerario,

uno tras otro los cuplés se sucedían,

se retiraban del último escenario.



Tiró el disfraz en el respaldo del asiento,

borró los restos de pintura con su mano.

Volando un 'tacho' lo llevaba contra el viento,

la vio justito a la salida del tablado.



¿Cómo te va?, dijo el murguista a la muchacha

que lo cortó con su mirada indiferente,

le dijo: bien, y lo dejó como si nada.

Nuevamente la princesa se perdía entre la gente.



Que no se apague nunca el eco de los bombos,

que no se lleven los muñecos del tablado.

Quiero vivir en el reinado de dios Momo,

quiero ser húsar de su ejército endiablado.



Que no se apaguen las bombitas amarillas,

que no se vayan nunca más las retiradas.

Quiero cantarle una canción a Colombina,

quiero llevarme su sonrisa dibujada.

viernes, 19 de mayo de 2017

RETRATO.



 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
¿ya conocéis mi torpe aliño indumentario?,
más recibí la echa que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé.Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto o cio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
quien habla solo espera hablar a Dios un día;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la lantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.