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viernes, 23 de febrero de 2018

PAISAJE CON CAMPANAS.



 Ilustración autor desconocido.

-Julio Aumente-



Son ya las seis y media y es domingo. Febrero

trae uno de sus días soleados y dulces

en los que ya se siente rozar la Primavera.



Desde este mirador veo Córdoba: sus torres

y sus casas bañadas en el sol de la tarde,

con un silencio apenas roto por unos pájaros

o por llantos de niños en las casas cercanas.



A veces toda la ciudad vibra entera

y el aire es dulcemente rasgado

por la campana de un convento que toca a Vísperas.

Primero es el Císter, luego la Encarnación,

lejos se oyen apenas Santa Isabel y el Corpus.



Después viene el silencio a dominar de nuevo.

Por la campiña se vuelve el aire tenuemente violeta

y en la sierra los montes oscuramente azules,

¿acaso no es la tarde como una nueva aurora?

San Jerónimo cubre su perfil de naranjas.



Un rumor de caballos sube desde la calle.

Las campanas repiten su llamada insistente

y los pájaros huyen de las torres. El Ángelus

se extiende en toda Córdoba entre sol y silencio.



En la blanca azotea de un convento apartado

del mundo por ligeras celosías de madera,

una monja recoge las ropas ya secadas.



La última campana ha cesado. Imperceptiblemente

la tarde va dejando jirones de sí misma

en las cumbres más altas de Sierra Morena.



Lejos hacia Granada las luces van huyendo

y ni un rayo de sol queda ya en los tejados.



Los jardines ocultos van despertando al frío

y de un balcón oscuro surge un rumor de música.

La noche viene lenta casi como la muerte

que se espera, no llega y de pronto ha llegado.

sábado, 23 de septiembre de 2017

AL FILO DE LAS NOCHES.



Ilustración autor desconocido.
 



Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo.

Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo.

Una breve cintura, un racimo dorado

en tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.



Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema

si como amor se mira, con verdadero amor.

Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo

con el último goce de los cuerpos vencidos.



Para mí la palabra, para ti la caricia;

para mí la sonrisa y el arco de tus cejas,

para mí el fruncimiento de tu labio rosado,

superior, tibio, altivo, carnal, condescendiente.



Pero el amor no muere porque nunca ha nacido

en ti, que languideces al tocar de los dedos.

Tú buscas el secreto, la dulzura, el peligro

del momento robado al filo de las noches.



La amistad para ti, o el amor, eran sólo

nombres a que invocar en las horas perdidas.

miércoles, 30 de agosto de 2017

PASEO MARÍTIMO.





 



Un mar está lejano,

acaricia arrecifes.

Pez o rojo coral

en luz clara reviven.



Doras con tu presencia

el tibio, el puro, el cálido

dulce y húmedo viento.

En tu cuerpo descanso.



Tus ojos son el mar,

el mar eres tú mismo

-bronce aún débil-, un cielo

pesa en tus hombros, vivo



cuerpo amado. La arena

-luz que se entrega a todos-

sobre las piedras blancas

reverbera sus oros.



La luna en su menguante

roja se nos ofrece

como fruta lejana

que estrellas paladeen.



Tú estás allí y el mar.

Yo aquí frente a la tierra

con su forma tangible

que nos separa espesa.



Nos desune, gravita

lo sólido. Interpone

su densidad, distancia.

Nos va borrando nombres.



Oh, dulce amor, recuerdo

para siempre. Qué limpios

los que el aire me trae,

memoria sin olvido.



Viento de aquella mar

salado en nuestra sangre,

déjame en el presente.

Calla el alma. No sabe.