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domingo, 8 de noviembre de 2020

MI OLOR A TI.


 

Toda mi ropa huele a cuando estabas.
Sería al abrazarte -no lo entiendo-
o que estuviste cerca y se quedó prendido.
Si arrimo mi nariz al hombro o a la manga, te respiro.
Al ponerme la chaqueta, en la solapa,
y en el cuello de un jersey que no abriga.
Aroma de placer, de feromonas,
de recostarme en ti mientras dormías.
Por mucho que la lave, mi ropa lo conserva:
es un perfume dulce que me alivia
como vestir mi carne con tu piel.
Y está durando más que mi recuerdo.
Tu rostro en mi memoria se disipa,
casi puedo decir que he olvidado tu cuerpo
y sigo respirándote en las prendas
que, al tiempo que me visten, te desnudan.
Pero la ropa es mía.
De tanto olerte en mí, tu olor es mío.
Tu olor era mi olor desde el principio,
fue siempre de mi cuerpo, no del tuyo,
de un cuerpo que lo tengo a todas horas
para quererlo entero como jamás te quise
y olerlo de los pies a la cabeza.
Es el olor de todas mis edades,
del niño absorto y puro,
del claro adolescente eléctrico y espeso,
de un joven con insomnio que soñaba
fantasmas del amor, y es también el olor
que al transpirar mis sueños dejaron en las sábanas.

Quién sabe tú a qué aspiras sin este efluvio mío,
sin mi esencial fragancia.
Estando en compañía, serás siempre la ausente
igual que si te fueras o no hubieras llegado.
Pues no olerás a nada, no dejarás recuerdo
ni podrás despertar auténtico deseo
ni embalsamar las yemas de los dedos
que un día te acaricien
con un perfume físico y concreto.
Serás para el olfato de los otros
como un espejo para los vampiros.
Y yo atesoraré con más fe que codicia
este perfume dulce de mi cuerpo
que descubrí contigo.
Si quieres existir, respíralo de nuevo.

viernes, 26 de junio de 2020

EL ÁNGEL Y EL VAMPIRO.






Pasé la vida entre vampiros y ángeles,



libando con paciencia los unos mi energía,



los otros trasvolando mis días más sentidos.



Todos los trances de luz fueron suyos:



al ángel los del cuerpo, los del alma al vampiro.



Al sol como en la sombra estuve ciego



y en el tránsito hacia el cenit, perdido.



Confundí las alas blancas con las capas negras.



Gusté, besando al ángel, los labios del vampiro.



Siempre acudí a la cita con lo eterno.



Cada vez que llamó, me encontraba.



Unas veces hermoso y otras veces oscuro,



el timbre de su voz me subyugaba,



la miel de su sonrisa me encendía,



y bailábamos juntos, el ángel o el vampiro



y yo que nunca supe muy bien con quién bailaba.