Edwin
y yo nos masturbábamos de ocho a nueve
en
clase de aritmética, y de cuatro a cinco
en
la de Historia Patria. El de él
era
idéntico a su cara: pícaro y sonriente,
con
el glande torcido, como su peinado.
Él
semiacostado en la última banca del salón
y
yo en la contigua. Con vaselina o crema dental.
Cuando
ocurría lo mejor
guardábamos
el semen en un libro. Con fecha.
"Para
cuando pasen los años
y
nos queramos acordar Gómez Jattin"
como
él decía.
