viernes, 6 de mayo de 2016

EL PESCADOR DE ESTRELLAS.






Juan amaba pescar, lo había hecho desde que tenía memoria. Había aprendido con su padre y ahora él lo hacía con hijo pequeño hijo. Juan, a pesar de su juventud, era un hombre sabio, sencillo, tranquilo. Amaba las cosas pequeñas de la vida y por sobre todo a su hijo.

Había repetido el hermoso rito que había tenido con su padre y no bien el niño tuvo edad de subir al bote, le enseñó a pescar.

Nadie entendía bien qué encanto le encontraba Juan a esa actividad, no sería precisamente la cantidad de peces que pescaba porque tampoco eran muchos. Tal vez Juan no fuese un buen pescador o tal vez sí.

Juan amaba sentarse en su bote, entendía al río y cuando él no le ofrecía una buena pesca, no se ofendía. Cuando pescaba se sentía en paz, disfrutaba de esa espera, de ese silencio, del no saber si el anzuelo arrojado al agua traería consigo la comida de esa noche. El joven hombre disfrutaba en sí el hecho de pescar, más allá de lo que obtuviese con la pesca.

Cuando pudo llevar consigo a su hijo, la felicidad fue aún mayor. Ambos se sentaban en el bote, cada uno con su caña y casi no hablaban, pero no hacía falta. Estaban juntos, los dos cobijados en el bote, con el cielo y el río de testigo, Juan no podía pedir más.

Una tarde todo cambió. Mientras Juan y su hijo pescaban, una sorpresiva tormenta volvió al río impiadoso. El viento se sentía como un látigo, la lluvia caía sin cesar y el bote se dio vuelta.

Fueron vanos los esfuerzos de Juan por salvar al pequeño, quien se ahogó sin remedio.
Juan se había quedado solo con esa soledad que deja la ausencia de un hijo y que se no parece a ninguna otra y menos aún puede describirse.

Jamás volvió a pescar. No le preguntaba al río por qué se había llevado lo que más amaba, sabía que la respuesta solo la tenía Dios y algún día sabría el por qué.

Guardó su caña, la de su hijo y siguió con su vida, como pudo, como supo, porque había que seguir.

Juan extrañaba tanto y de un modo tan intenso y doloroso a su hijo que lo buscaba en aquellas pequeñas cosas que ambos habían amado, como si alguna de ellas pudiese traerlo de vuelta.

Dolía extrañarlo de esa forma. Juan sufría en silencio, no había consuelo para él. Pensaba no solo en su hijo, sino también en el río, en el bote, en las cañas, en esos maravillosos momentos compartidos con su pequeño.

Una tarde, haciendo orden en su casa, encontró las cañas. Las tomó, las acarició y añoró infinitamente pescar con su hijo.

Como si alguien le hubiese soplado al oído qué hacer, Juan dejó su caña a mano, no la volvió a guardar y cuando anocheció supo qué tenía que hacer exactamente.

Subió al techo de su casa, se sentó en la chimenea con la caña en la mano y se puso a pescar. No, no había enloquecido. Esta vez Juan no colocó anzuelo, el hilo de la caña debía poder moverse libre con el viento.

Juan se sentó a mirar el cielo y decidió que pescaría una estrella, aquella donde su hijo sin dudas lo estaría cuidando.

Comenzó a pasar todas las noches subido al techo, bajo una luna que lo miraba amorosamente, con una caña que se movía con la brisa caprichosa y señalaba distintas estrellas.

Y empezó a sentirse en paz, el dolor jamás se iría, pero supo -con el corazón- que había descubierto cómo encontrarse nuevamente con su hijo.

Mientras contemplaba el cielo en silencio, sentía junto a él la presencia del pequeño, sabía que sus almas se unían en ese maravilloso y simple acto de pescar. La muerte le había arrancado la presencia física de su hijo, pero no así la de su alma colmada de amor.

Y fue así, que noche a noche, Juan subía al techo con su caña y pescaba estrellas, porque en alguna estaría su pequeño y en esa, justo en ese lugar, algún día se encontrarían para no separarse más.

 

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