“Las
pequeñas virtudes”, de la escritora italiana Natalia Ginzburg, es un volumen
breve que recopila once textos escritos entre los años 1944 y 1962.
Hay
libros de los que cuesta hacer una reseña porque uno cree que solo de disfrutan
calladamente. Esta obra es una simbiosis perfecta entre ensayo, autobiografía y
memoria; es decir, pura literatura. La autora utiliza el pasado y sus propias
vivencias como banco de pruebas para reflexionar sobre los distintos temas que
aborda.
Destaca,
por encima de todo, su brutal conocimiento del ser humano. Leer a Natalia es un
auténtico lujo para cualquier lector: sobrecoge su inteligencia, su coherencia,
su sensatez y esa mirada limpia y lúcida. Mantiene siempre la distancia
adecuada de aquello que narra: la pobreza, la amistad, la guerra, el amor, la
escritura, las relaciones familiares, la educación de los hijos, las
tradiciones y los contrastes culturales. Estos son los pensamientos sobre los
que discurre con sencillez, naturalidad y verdad.
Es
un libro sabio, cotidiano y profundo al mismo tiempo; lírico y ameno. Uno puede
vivir dentro de él, adormecerse y dejarse nutrir por sus palabras. En
definitiva, una obra que parece menor en número de páginas, en su tono y en los
temas que trata, pero encierra una inmensa grandeza en su pequeñez.
No
voy a descubrir a Natalia Ginzburg; me parece una escritora honesta y
brillante. Su prosa es sumamente reconocible: instintiva y dulce, pero
profunda; una escritura que atenaza. Posee una precisión psicológica propia de
quién es una observadora nata, con una capacidad única para poner el acento en
los detalles.
No
hay que dejarse engañar por su estilo: cuenta las cosas como en un susurro. Aunque
sus entornos narrativos sean domésticos y cotidianos, desmenuza la realidad y
la disecciona en busca de respuestas y realidades sensibles. Bajo esa aparente
sencillez, aborda cuestiones de gran complejidad.
Asomarse
los textos de Ginzburg es iniciar una lectura dialogante con la autora. Hay una
honestidad conmovedora en su forma de escribir, a la vez introspectiva,
reflexiva e instintiva. Sus palabras y frases, poseen la hondura que uno solo
esperaría encontrar en un bello tratado clásico.
Ginzburg
hizo de la escritura un destino doméstico del que no tuvo intención de escapar.
Apostó por la observación minuciosa, la explicación del mundo a través de los
objetos cotidianos y la memoria puntual de los gestos de las personas comunes.
Acunarse
en estas páginas es un auténtico placer, intelectual y emocional a partes
iguales.
Os invito a descubrir esta voz inmortal y a atravesar el pasadizo secreto de su literatura. No hay lugar para la decepción, pero sí para la satisfacción plena.

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