miércoles, 31 de octubre de 2018

LA BRUJA.


 

La Bruja, le decían,
porque soñaba fuego solitario
en cada uno de los rumbos
de su cuerpo.

Iba caminando en silencio
hasta llegar al páramo.
Y de pronto sentía que sus manos
ardían como soles. Un alud
florecido quemaba la llanura.

Y «la bruja, la bruja»,
gritaban los niños.

A la orilla del aire lloraba
lágrimas solas
y candentes. Todas
las tardes en el mismo sitio.

Llena de luz. La boca henchida
de mansas oraciones mudas.

Y a la orilla
del aire, todavía
llueve lumbre cuando reverdece
su memoria perdida;
y «la bruja», murmuran
las voces de los niños.

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