sábado, 24 de julio de 2021

EL ALIENTO.

 
 
Juré que no lo haría. No recuerdo su nombre. Consideré poco elegante recibir compensaciones a cambio. Me sedujeron sus formas y las marcas de sus prendas, la inclinación sobre el burladero de la barra, el plomo de sus ojos ebrios de seguridad clavados en mis manos temblorosas mientras escanciaba el ámbar.
 
Hará cuarenta años. Ahora yo soy el ave carroñera a este lado del burladero. Incumplí mi juramento a los cincuenta. A esa edad se te otorga el don de autocompadecerte, la maquinaria comienza a resentirse y se adquiere el derecho de tener un copero en nómina. Aunque ahora las copas me las pongo yo, en este lago de redes que son hambre y alimento, como el martirio de Tántalo, que me roba al copero en cada respuesta.
 
Los años animalizan. También el dinero, pero sobre todo los años. El poder que la cuenta regresiva otorga no entiende de escrúpulos. Las delicadezas se recubren de plumaje. Y donde antes hubo suplicante timidez ahora solo quedan garras, rapacidad y prisas. Los cuerpos sustituyen a los lugares, la juventud ajena es la nueva opulencia.
 
Me despojo de las máscaras y me acuesto con miedo. No hay estrígilo que limpie la sensación de esa noche. Noto el aliento pestilente de aquel primer hombre y antes de caer dormido entiendo que es mi propio aliento.
 
 

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